La democracia en España no apareció de repente, ni fue un regalo inevitable del paso del tiempo. Fue una conquista lenta, conflictiva y muchas veces incompleta. Desde el siglo XIX, con la implantación del liberalismo, comenzó a abrirse paso una idea nueva: que el poder no debía residir únicamente en el rey, en la nobleza o en las viejas estructuras del Antiguo Régimen, sino que podía basarse en leyes, representación y ciudadanía. La Constitución de 1812 simbolizó ese primer impulso. Pero el camino estuvo lleno de retrocesos: pronunciamientos, guerras civiles, exclusión política y sistemas donde votar existía, pero la democracia real apenas lo hacía. Durante décadas, España conoció un liberalismo limitado, donde muchos derechos convivían con enormes restricciones. Hubo parlamentos, constituciones y elecciones, pero también caciquismo, fraude y turnos de poder diseñados para que poco cambiara realmente. Aun así, aquellas experiencias fueron sembrando una cultura política nueva: la ...